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Nacionales PP.Catalans, Barcelona :: 22/03/2026

El error de cálculo de CCOO y UGT en la Educación Pública catalana

Oscar Murciano
Hay una percepción social creciente del acercamiento de estas organizaciones a los poderes políticos o económicos, como consecuencia de décadas de institucionalización y paz social

Cualquier que esté militando en sindicalismo desde unos años conoce sobradamente el modus operandi. En el contexto de una lucha contundente que ponga en dificultades a una empresa o gobierno, estos sondean una salida que impida tener que abonar el peaje que las fuerzas sindicales requieren para parar el conflicto. Hay muchos métodos, pero el más habitual es romper la fuerza de las trabajadoras mediante la división interna. Divide et impera funciona desde hace milenios no por casualidad.

Así pues, la patronal se acerca a los sindicatos más moderados y proclives a romper la unidad sindical con una oferta. Un compromiso de ciertas mejoras mínimas, imposibles de haber logrado sin la presión existente generada por los sindicatos más decididos, y el protagonismo del acuerdo. Acuerdo que acostumbra a venderse cómo si fuera mérito de aquellos que han roto la unión colectiva. Ambas partes salen ganando.

El resultado acostumbra a ser el debilitamiento de la fuerza de la huelga, con el descuelgue de una parte de la plantilla. La confusión, manipulación de los datos para hacerlo más atractivo, el efecto desmoralizante de la división, el cierre oficial del conflicto es muy destructivo y consigue el efecto buscado: el potencial de mejoras asociado a la fuerza existente se evita que derive en un texto mucho mejor.

Cómo se puede imaginar, en tantos y tantos conflictos donde se repite este patrón de colaboracionismo con la patronal, los sindicatos que han visto como se pincha el globo de presión y los huelguistas más concienciados se indignan de forma directamente proporcional a la intensidad en que se esté desarrollando la lucha. Se incrementa la tensión interna de varias formas, mientras se intenta revitalizar el daño ocasionado. A menudo no se puede y el conflicto agoniza a la vez que se inicia una fuerte campaña de márqueting para poner en valor a los que dejaron tirados a los compañeros de lucha para estar cerca de quién manda.

Cuando a diez días vista de la semana de huelgas a Enseñanza me llegaban noticias de que se repetiría, por enésima vez, la misma jugada no me lo creía. Quiero decir, no me creía que los firmantes no previeran lo que se los vendría encima en este caso. Estamos hablando de una de las plantillas más grandes de Cataluña, unas 95.000 personas, donde el peso de CCOO es muy reducido y el de UGT prácticamente marginal y en vías de desaparición. En un ciclo de movilización mucho más potente que el último de 2022 que hizo caer al consejero Cambray. ¿Qué creían que pasaría dentro de un colectivo donde no tienen mínima influencia y a la vez supersensibilizado? ¿Que habría un poco de ruido controlable mediante el apoyo de los medios de comunicación institucionales y que una nueva campaña de desactivación interna con Apps, grafismo y datos sesgados lo iría deshinchando?

Querer replicar el funcionamiento del sindicalismo mayoritario, hacer y deshacer sin muchas explicaciones, en un espacio donde no lo eres y, además, con un volumen de plantilla e impacto social de primer orden es un suicidio sindical. Como así se está demostrando.

Las muestras de indignación en numerosos institutos, una encuesta con casi 43.000 respuestas y un 95% de rechazo al pacto es solo la punta de un iceberg que deja en evidencia que la jugada no ha funcionado. Las huelgas siguen presionando y el conflicto escalará, ahora sin salidas desde la eslabón más próximo, poniendo en una posición muy difícil al gobierno: O se pone en modo bunker resistiendo el desgaste de la furia docente (que todo el mundo sabe que es muy problemática por los efectos sociales que hay asociados a millones de familias) o mira de solventar el problema. Es decir reabriendo negociaciones y, por lo tanto, dejando en evidencia a los que se bajaron primero del carro.

En cuanto a lo que llaman daño reputacional para los sindicato firmantes el panorama es devastador. El volumen de personas indignadas ha expresado de forma masiva en redes sociales lo que piensan de estos. Los principales perfiles han cerrado comentarios y, ya lo que faltaba, lo intentan combatir criminalizando este enfado como si fueran comportamientos de ultraderecha para victimizarse amplificando alguna expresión de aquí o de allá. Quizás algunos preferirían debates calmados en una mesa con pocos participantes sobre si pinchar o no una movilización en complicidad con la patronal es aceptable, pero los conflictos obreros son cómo son y han sido así siempre. Si no lo entiendes es que seguramente lo has olvidado de tanto no practicarlo.

No acaba aquí el problema para los firmantes. Hay una percepción social creciente desde hace tiempo respecto el acercamiento de estas organizaciones a los poderes políticos o económicos, como consecuencia de décadas de institucionalización y paz social, con resultados materiales negativos para la clase trabajadora. Es bastante claro el efecto de la fuerza que decenas de miles de personas sensibilizadas expliquen en sus círculos próximos respectivos lo que piensan de estos dos sindicatos. El desgaste se multiplica.

CCOO y UGT tenían la opción de seguir en el medio del grupo de ciclistas, pasando desapercibidos mientras otros equipos tiraban en la cabeza. Pero no, han hecho un increíble error de cálculo respecto a sus capacidades en este contexto interno y en el año en que vivimos. En 2026 y en situación de minoría no puedes actuar como si estuviéramos treinta años atrás. Los años de las fotografías y el crédito social han muerto. Y parece que no lo sabían.

El gobierno de la Generalitat tiene un problema. Suerte.

16 marzo, 2026. CGT Terrassa AD

 

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