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Nacionales PP.Catalans, Estado español, Europa :: 22/05/2026

La profesión docente en una era reaccionaria

Xavier Diezmay
Contrariamente a lo sucedido en las últimas décadas, ante la falta de apoyo institucional se percibe que la profesión docente va abandonando el progresismo político y pedagógico

Una de las cuestiones que más ha definido en las últimas décadas a la escuela pública, tanto a escala nacional como europea, ha sido el mayoritario progresismo de la profesión docente. En lo que respecta a Cataluña, con una historia marcada por una concepción emancipadora de la educación y la cultura, asociada a las corrientes de renovación pedagógica y regeneracionismo político, la idea de que educación y progreso iban de la mano ha estado asociada a movimientos como el republicanismo, el socialismo o el anarquismo. Y esto ha sido así porque la escuela ha sido concebida tradicionalmente como institución igualadora, que permite el acceso al conocimiento, la ciencia y la cultura a las clases trabajadoras y a los grupos más vulnerables, a menudo en oposición a un reaccionarismo que se había caracterizado por elitizar la educación.

Esta tendencia se reforzó especialmente a partir de la ruptura histórica que implicó mayo de 1968 y, en el caso catalán, el fin del franquismo. Buena parte del profesorado, que se organizó fácilmente en las asambleas que darían lugar, a finales de la década de 1970, a sindicatos como USTEC·STEs, se sumó a esta dinámica de tendencia asamblearia, profundamente democrática, con planteamientos igualitaristas y con concepciones profundas de progreso y compromiso social.

En los últimos años, por el contrario, se está registrando un movimiento de fondo en el contexto político y social en la dirección contraria. Los signos de reaccionarización son cada vez mayores. Y, pese a la tendencia progresista del profesorado, este espacio no es ajeno a ello. Es cierto que en las últimas décadas las políticas neoliberales, del mismo modo que sucede de forma general con los servicios públicos, han iniciado una deliberada política de erosión y destrucción de la escuela pública. Que a escala europea se ha producido una involución en aspectos curriculares, metodológicos y organizativos, y sobre todo un déficit endémico de recursos humanos y materiales que han degradado la institución, han dañado su papel de igualador social y han permitido un creciente cuestionamiento de sus formas y funciones. Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo, se podía resistir a estos tiempos adversos a partir de la implicación personal y política del colectivo docente.

Aun así, empiezan a detectarse indicios de que las cosas están cambiando. Del mismo modo que asistimos a una creciente reaccionarización social, especialmente entre las generaciones más jóvenes, constatable en el comportamiento electoral, los estudios demoscópicos y las actitudes políticas y sociales, es posible que también asistamos a cambios de fondo entre los docentes.

El caso francés es uno de los más estudiados. Un estudio de la Fundación Jean Jaurès fue uno de los primeros en detectarlo. A partir de encuestas electorales, se constató que el voto electoral de los maestros y profesores franceses pasó del 2-3%% de apoyo a los partidos de ultraderecha (en su momento, el Frente Nacional de la familia Le Pen) al 7-8% en las presidenciales francesas. Y esto ha llegado hasta el 17-18% en las últimas elecciones legislativas anticipadas de junio de 2024 (aunque encuestas anteriores llegaban a proyecciones del 20%).

François Jarraud, periodista especializado en temas educativos, analizaba estas cifras en Le Club de Médiapart.[1] Considera que, fundamentalmente, el profesorado sigue siendo mayoritariamente próximo a la izquierda, aunque en los últimos años se ha registrado una evolución preocupante. Así, delimita el voto, según los sondeos previos, y si bien continúa predominando la centroizquierda (16 % de voto hacia la France Insoumise y el Partido Comunista; 8% para los ecologistas y 27% para los socialistas), las opciones de derecha son considerables (17% para el partido de Macron y 9% de los gaullistas Les Républicains), mientras que la ultraderecha, irrelevante hace década y media, empieza a cobrar fuerza (17-18% entre el partido Reagrupamiento de Marine Le Pen y Reconquête de Éric Zemmour).

El propio Jarraud establece una comparación con el resto de la función pública (29% opta por la extrema derecha; 39% por la centroizquierda), y encuentra que el profesorado sigue manteniendo un comportamiento todavía progresista, aunque algunos indicios apuntan a que las cosas pueden variar en una dirección que hace solo una década parecía insospechada. Es evidente que en todo este movimiento de fondo, como explica este periodista, tienen que ver las consecuencias de las políticas neoliberales y privatizadoras de Emmanuel Macron, que a menudo se han asociado con un envoltorio estético progresista.

El sociólogo Luc Rouban, con estos datos, propone una interpretación de cómo se está produciendo este movimiento telúrico de una parte creciente de los docentes franceses hacia comportamientos electorales más que conservadores. Según este director de investigación de la prestigiosa Sciences Po de París, han influido poderosamente el déficit endémico de recursos humanos y materiales, el asesinato de Samuel Paty a manos de islamistas (que ha propiciado una sensación generalizada de desprotección profesional ante la creciente radicalización religiosa), las crecientes agresiones contra los docentes, el cuestionamiento de la laicidad (cada vez es más habitual la autocensura que implica, por ejemplo, no explicar la teoría de la evolución o el big bang, cuestionados por un cristianismo, sionismo e islamismo desinhibidamente creacionistas), una pérdida creciente de autoridad, tanto científica como pedagógica o disciplinaria, la sensación de abandono, el desprecio por la profesión y la sensación de desclasamiento a partir de la degradación del poder adquisitivo y la pérdida de control sobre el currículo, la metodología o la gestión del aula.

Rouban también incluye un aspecto que debería hacernos reflexionar. Francia, un ejemplo de función pública docente, ha visto cómo el porcentaje de interinidad se había ido expandiendo en los últimos años, y ello había implicado reclutar docentes con menores requisitos académicos, con salarios más bajos y una creciente precariedad laboral que se traducía en un proceso de proletarización que encaja a la perfección con el perfil de votantes de Le Pen, mayoritario entre el sector obrero y entre los más jóvenes. De hecho, sugiere que esta reaccionarización se concentra precisamente entre los docentes más jóvenes y más precarios.

También destaca que, en las últimas elecciones legislativas (junio de 2024), el candidato lepenista, Jordan Bardella, incluyó en su programa algunos puntos que habrían atraído a buena parte de la profesión: incrementos salariales, restablecimiento de la disciplina en el aula, reducción de burocracia y acabar con el collège unique (una especie de ESO de los 11 a los 14 años, con currículo unificado) y sustituirlo por un adelanto de los estudios profesionales para los alumnos con peores resultados educativos, al estilo de los países germánicos.[2]

En lo que respecta a EEUU, según un estudio demoscópico de EducationWeek Research Center --una publicación especializada en temas educativos--, y en relación con los sondeos de las elecciones presidenciales de noviembre de 2024, Trump representaba las preferencias de voto del 39% del profesorado no universitario, frente al 50% que afirmaba querer apostar por la candidata Kamala Harris. Estas cifras sorprendieron bastante en un sector tradicionalmente demócrata. En el mismo estudio pueden intuirse algunos de los factores que explicarían este cambio de paradigma: la incomodidad que suscita entre los profesionales un creciente clima de censura en las aulas fruto de la descontrolada polarización política del país, aunque también de una agresiva cultura de la cancelación.

El apoyo a Trump, según esta investigación, es todavía más amplio entre los maestros más jóvenes (representa la preferencia del 49% entre los menores de cuarenta años, frente al 35% de intención de voto por Harris). Por el contrario, los resultados entre los docentes boomers eran inversos (60% para Harris; 31% para Trump).[3]

Otro dato que también explica muchas cosas es que, en lo que respecta al profesorado universitario, el sondeo es completamente diferente. Allí, en las facultades universitarias, las preferencias por Harris llegaban al 71%. Esto explicaría en buena parte la hostilidad de la administración actual de la Casa Blanca contra el mundo académico, que es donde predominan los elementos culturales (cuestiones de género, raza y las políticas institucionales que se denominan DEI --Diversity, Equality, Inclusion--), y que, en torno a personajes como Christopher Rufo, implica una política de desmantelamiento.

Y, ¿qué ocurre en Cataluña? No hemos sabido encontrar ningún estudio de carácter demoscópico que haya analizado el comportamiento político y electoral de la profesión. El sindicato USTEC·STEs publicó un estudio en 2015 sobre los hábitos de comunicación de los docentes catalanes y, en algunas preguntas sobre los medios que consultaban, aquellos que podrían ser considerados próximos a los postulados de la derecha y extrema derecha resultaban anecdóticos: el ABC era consultado por un 1,1%, La Razón, por un 0,8%, y El Mundo, por un 2,4%. Por el contrario, la inmensa mayoría se informaba de manera mayoritaria a través de medios de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals y de medios, escritos y audiovisuales, mayoritariamente en catalán.[4]

Más que probablemente, las cosas deben de haber cambiado, al igual que se percibe en todo el mundo occidental. De hecho, en el estudio que este sindicato presentó en octubre de 2024 sobre el Estado de la Profesión Docente[5], aparecen buena parte de las preocupaciones que señalaba Luc Rouban para el caso francés: la proletarización, la pérdida de independencia profesional, la endémica falta de recursos, todo ello por una expansión de reiterados cambios legales con una irrefrenable tendencia al deterioro del sistema educativo, junto con un incremento desmesurado y desmoralizador de la burocracia, fruto tanto de la Nueva Gestión Pública como de la creciente fiscalización del trabajo docente. Y también preocupa el incremento de agresiones a docentes.

En este estudio, por otra parte, las respuestas abiertas muestran algunos indicios de que esta decepción y malestar, además de predisponer a que una parte sustancial de los docentes (un 36%) se plantee el abandono de la profesión, van filtrando estos ingredientes de resentimiento y hartazgo que son los que alimentan la creciente ola reaccionaria, así como una profunda decepción con las políticas educativas cuando partidos y entornos de izquierda o centroizquierda han dispuesto de capacidad de decisión institucional. La inclusión sin recursos, sin ir más lejos, lleva a que una fracción importante de docentes empiece a cuestionar su conveniencia.

Por otro lado, en las elecciones sindicales de 2023, una de las fuerzas sindicales que más creció, ASPEPC·SPS, lleva en su ideología y programa propuestas como el cuestionamiento, no solo de la inclusión, sino también de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, en la que alumnado de diversas capacidades y motivaciones comparte aula de los 12 a los 16 años, con retos que van más allá de las capacidades de los profesionales, especialmente en las condiciones actuales. La ineptitud de la administración para hacer frente a antiguos problemas y a los nuevos (además de sostener un discurso que, sin recursos, no tiene credibilidad y que ha comportado también la participación entusiasta en la degradación de las condiciones laborales y profesionales de los docentes) también parece haberles asegurado un descrédito, cada vez más amplio, entre la comunidad educativa.

Es evidente que los fracasos de la centroizquierda y la derecha, que podrían simbolizar las calamitosas políticas educativas representadas por el macronismo en Francia, o por personajes como el conseller Cambray en Cataluña (obsesionado con hacer populismo pedagógico con retórica progresista y práctica neoliberal) han contribuido a acelerar este proceso.

El reaccionarismo creciente, tanto desde un punto de vista político como educativo, se fundamenta en tácticas oportunistas y visiones estratégicas. Pese al deterioro de la profesión docente, buena parte de los maestros y profesores siguen gozando de una prestigiosa imagen pública, fundamentada a su vez en la participación en la política de base --muy especialmente en el ámbito local--, aunque también en los espacios culturales de los medios y de la creación de opinión.

Los docentes disponen de amplias habilidades derivadas del oficio: capacidad de comunicación, conocimiento de la naturaleza humana, trato con la gente, amplia sociabilidad, dominio de mecanismos institucionales, capacidad de organización... que, hasta ahora, había estado al servicio de la democracia y el bienestar colectivo. En un momento en el que el colectivo de los maestros y profesores se va proletarizando (como puede percibirse claramente en la terrible pérdida de poder adquisitivo y de desclasamiento) y que, especialmente entre los más jóvenes, los acerca al votante habitual de la extrema derecha europea, no hace falta disponer de una gran imaginación para pensar que las fuerzas reaccionarias puedan atraer cuadros entre la profesión.

Los procesos históricos no suelen ser demasiado controlables, especialmente cuando las fuerzas desatadas de la economía, la política y las emociones se fundamentan en el agravio, el resentimiento y la generalización de la ineptitud de los hombres y mujeres que toman decisiones trascendentes. O de la impotencia a la hora de controlar problemas de extrema gravedad. Especialmente en gobiernos autodenominados progresistas o 'socialistas'. La posible reaccionarización de una parte de la profesión --y los indicios demoscópicos indican que los más jóvenes pueden ser los primeros-- no puede evitarse mediante la apelación a la moralidad o al voluntarismo de las buenas intenciones. Solo será posible frenar esta tendencia si somos capaces de tomar decisiones pragmáticas y decididas para romper esta dinámica depresiva de los últimos años.

Y eso quiere decir, básicamente, poner en marcha la agenda que desde hace años impulsan espacios sociales y sindicales como los de USTEC·STEs: dedicar de forma drástica recursos humanos y económicos; permitir la recuperación de las decisiones estratégicas educativas por parte de los claustros, así como otras cuestiones como la rectificación de políticas educativas nocivas que han desposeído de sentido a las instituciones educativas, o encontrar mecanismos efectivos para restablecer un cierto orden dentro de las aulas y racionalidad en las estructuras educativas. Quien escribe esto, que ya lleva cuatro décadas en el sistema y que ha asistido a una devaluación continuada envuelta en retóricas progresistas, se declara más bien pesimista.

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[1] François Jarraud, Le vote enseignant bien ancré à gauche", Le Club de Médiapart, 15-VII-2024

[2] "Ces Profs qui votent RN: c'est symptomatique de la crise qui traverse l'Éducation Nationale", Le Point, 28-VI-2024

[3] Libby Stanford, "How Educators Say They'll Vote in the 2024 Election. Educator's preferences vary by age and the communities where they work, EducationWeek, 21-X-2024

[4] Ramon Font i Xavier Diez (Coords.) i Secretaria Comunicació USTEC·STEs, Enquest sobre hàbits de comunicatius entre el professorat de Catalunya. Ús de comunicació i xarxes socials i xarxes socials entre els docents, Novembre de 2015.

[5] USTEC·STEs, El malestar docent a Catalunya. Estudi sobre l'estat de la professió docent a Catalunya i els factors que hi incideixen, Octubre 2024.

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