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13/11/2019 :: Nacionales PP.Catalans

El anatema de la violencia

x Francisco García Cediel
Resulta un tema recurrente cuando se produce una confrontación sociopolítica, la critica inmisericorde a la utilización de medios violentos, de modo que se desplaza el debate

 “en la historia real [a diferencia del relato idílico de la economía política] desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato; la violencia, en una palabra“. Karl Marx. El Capital. La llamada acumulación originaria.

 Resulta un tema recurrente cuando se produce en estos lares una confrontación o conflicto sociopolítico la critica inmisericorde a la utilización de medios violentos, de modo que se desplaza el debate, del análisis del propio conflicto que es causa de dichos fenómenos a la desautorización sumaria de dichas actuaciones.

 Así ha ocurrido sin ir más lejos en relación a las movilizaciones que están teniendo lugar en Catalunya a raíz de la reciente sentencia dictada por el Tribunal Supremo en relación al llamado “proces” soberanista. Como ejemplo podemos citar el informativo especial de TVE en el que el inefable Carlos Franganillo celebró su reciente premio Ondas desplazándose a Barcelona a fin de narrar, con tono de periodista deportivo, las movilizaciones que tenían lugar en esa ciudad en un tono cuyas intenciones no dejaban lugar a muchas dudas; el citado periodista exhibió su domino de los adjetivos calificando repetidamente a las personas que se manifestaban como “los violentos”, “los extremistas” y “los radicales” como si de sinónimos se trataran, mientras se prodigaba en elogios a una actuación policial que ha propiciado que alguna persona perdiera un ojo a consecuencia de la utilización (proporcionada que diría Franganillo) de material antidisturbios.

 El tratamiento informativo de dichas movilizaciones por parte del resto de medios generalistas, incluyendo algunos supuestamente progresistas, ha sido muy similar.

 Contrasta poderosamente el tratamiento informativo respecto a Catalunya con la cobertura del problema de Hong Kong, donde las imágenes de violencia por parte de manifestantes a los que se denomina “pro democracia” son saludadas con alborozo por estos mismos medios. Lo mismo podríamos decir del llamado euromaidan en Ucrania, hasta que la quema del edificio de los sindicatos en Odesa con su balance de muertos obligó a nuestra tan independiente prensa oficial a mirar a otro lado, por no hablar del espeluznante final de Gadaffi, celebrado sin disimulo por muchos que se autodefinen como pacifistas.

 Siendo consciente de que este tema es incómodo a la par que impopular, hemos de hacer unas consideraciones más allá del evidente doble rasero antes señalado.

 En primer lugar, constatar como para el poder la violencia popular y/o callejera legitima la violencia policial pero no al revés, de tal modo que la violencia institucionalizada, sea esta policial, judicial, militar o patronal, se legitima por si misma pero descalifica cualquier respuesta. Es lógico: el poder aspira a ejercer el monopolio de la violencia frente a quienes cuestionen sus planes, y esta premisa es válida para todas las situaciones de modo que se justifican la represión y el encarcelamiento de opositores políticos, los desahucios, los despidos y recientemente el cierre de paginas webb, pero la respuesta a tales atropellos es descalificada sin paliativos por los portavoces oficiales y oficiosos del sistema.

 A sensu contrario, los apaleamientos y quemas de policías y chavistas en Venezuela son justificados y aplaudidos de tal modo que quienes propician tales actos son recibidos y agasajados en instituciones como el Parlamento Europeo y la Embajada Española como luchadores por la libertad.

 No es extraño que quienes detentan los privilegios del poder y sus portavoces actúen de esa manera, pero sí que llama poderosamente la atención que organizaciones y personas supuestamente alternativas caigan en la dinámica del pensamiento débil consistente en confundir unas formas supuestamente democráticas (cada vez menos), con un fondo de dominación de clase.

 Lo que está sucediendo en Catalunya es una reacción lógica por parte de algunos sectores populares ante una sentencia que, además de aplicar una interpretación del llamado “delito de sedición” que criminaliza cualquier protesta social de las últimas décadas, considerando “alzamiento público y tumultuario” organizar una consulta y adoptar determinadas resoluciones institucionales, supone el colofón de una larga serie de negaciones por activa y por pasiva a la posibilidad de realizar las aspiraciones del pueblo o de un importante sector de éste.

 Es comprensible que, sobre todo las personas más jóvenes, que desde que tienen uso de razón han visto y sentido como se les niegan todas las vías para autodeterminarse, tras al menos una década de negativas por parte del Estado y sus instituciones a abordar la cuestión catalana, y creciendo en un contexto de falta de expectativas debido también a la crisis estructural del propio sistema capitalista, tengan poca confianza en las vías institucionales para transformar la realidad.

 El esperpento de las recientes detenciones de siete activistas que al parecer, según las declaraciones de uno de ellos en la Audiencia Nacional, se disponían a tomar el Parlament de Catalunya en coordinación con el propio Torra, que era quien les iba a abrir las puertas de la Institución para proclamar la independencia, es digna de un guión malo de Hollywood y pone de manifiesto que no parece que la actitud del Estado vaya por otros derroteros que los meramente represivos.

 Del mismo modo que para un sanitario, ante la constatación de una epidemia, no tiene ningún sentido “condenarla” sino intentar abordar causas y soluciones, no puede sostenerse, salvo que se sea profundamente malintencionado o ignorante, que sumarse al coro de descalificaciones hacia los estallidos de violencia popular contribuya a otra cosa que no sea apuntalar la dinámica del poder, que utiliza todos los medios a su alcance para defender sus intereses, incluyendo la descalificación (y represión) de quienes se les enfrentan.

Francisco García Cediel

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