La madre de un detenido del 4-F se enfrenta a la versión policial: "Han cogido a tres chicos como cabezas de turco"

El 19 de junio su hijo Rodrigo y los otros dos chicos acusados de herir gravemente un agente de la Guardia Urbana de Barcelona decidieron empezar una huelga de hambre.
El objetivo era proclamar su inocencia y exigir que se respeten sus derechos básicos. Mariana no dudó en sumarse a la protesta: "Rodrigo es inocente, y la policía lo sabe". La lucha de los tres jóvenes detenidos el 4 de febrero en la calle de Sant Pere Més, ya ha llevado a dos de ellos a ser ingresados en un centro hospitalario. Mariana lo hacía poco después en el Hospital Clínic. Los 40 kilos de peso la han dejado demasiado débil, y ha abandonado la cama de la Casa de la Solidaritat donde hasta la semana pasada tenía su cuartel general.
Hasta hace unos días, Mariana atendía a todo aquel que quisiera escucharla. Sólo entonces hacía una pausa. El resto del tiempo estaba ocupada removiendo cielo y tierra para demostrar la inocencia de Rodrigo. "No puedo permitirme estar quieta sin hacer nada mientras mi hijo está en la cárcel".
Asegura que, pese a todo, Rodrigo lo está llevando bien. "Está con Juan. Álex está peor, en la Modelo. Mi hijo tiene muy claro lo que quiere hacer. Sabe que tiene un tiempo limitado para conseguir resultados y hasta ahora se ha pasado el día escribiendo cartas, llamando, intentando que todo el mundo escuche su historia".
Ella nunca ha compartido la idea de la huelga de hambre, pero tenía muy claro que si Rodrigo la hacía, iba a seguirle: "Para mí es muy duro, acepto que mi hijo ponga en peligro su vida, pero me dijo que no le servía de nada esta vida si tenía que pasar 18 años en la cárcel por algo que no había hecho". Lo entendió, pero aún así el miedo no desaparece: "Le conozco y creo que no dejará la huelga".
El sentimiento de Mariana es de impotencia. Sus abogados han presentado seis testigos y numerosas pruebas médicas y periciales, las últimas el pasado 11 de julio, en las que se demuestra que lo que dejó en coma al agente -que actualmente se recupera en un centro especializado- procedía de arriba y no de la calle, donde estaban Rodrigo y sus dos amigos. Pero la jueza que instruye el caso ha rechazado todo. "Desde un primer momento se ha creído la versión de la policía, dice que es "sincera" .Ya ha hecho su película de los hechos "sobrebasada" en la versión policial".
Mariana exige que la verdad salga a la luz. Quiere saber dónde está el documento, elaborado por la policía, que hizo decir al alcalde de Barcelona, Joan Clos, que al agente lo había herido una maceta y por qué luego, de repente, se cambió la versión. Quiere que aparezcan las pruebas que, asegura, se han borrado. Y, sobretodo, que se investigue. "Han cogido a tres chicos como cabezas de turco y ya nada les va a echar atrás. Saben que es casi imposible descubrir quién tiró una maceta y necesitan unos culpables".
Antes de empezar la huelga de hambre, la madre de Rodrigo había pasado semanas en la placa de Sant Jaume, frente al ayuntamiento, intentando, sin éxito, hablar con el alcalde. Consiguió recoger 6.000 firmas en las que se pedía una investigación justa. Joan Clos no la atendió, pero sí lo hizo el embajador de Chile y la prensa de su país. Mientras, siguen las manifestaciones de apoyo a los tres chicos detenidos el 4 de febrero.
Unas protestas que la policía ve casi como una amenaza. En los foros de Internet de la Guàrdia Urbana (guardiaurbana.tk) y los Mossos d’Esquadra (mossosdesquadra. com) se proclama que contra los "guarros" hace falta mano dura -como el refuerzo con nuevas armas para la policía municipal aprobado por el ayuntamiento- y se advierte que las fiestas de Gràcia pueden ser "calientes".
Y es que mientras la policía dice que los tres jóvenes acusados pertenecen a un grupo organizado -el de los 200 activistas antisistema radicales que el consistorio siempre tiene en la boca- Mariana recuerda que salían de una fiesta donde también estaba ella, "y yo no pertenezco a ningún grupo, ¡qué tontería!".
Mientras la casa "ocupada" donde ocurrió todo permanece tapiada a la espera de convertirse en nuevas viviendas y un equipamiento. El edificio había sido okupado dos años antes hasta que un grupo de gente echó a la asamblea que hasta ese momento lo había gestionado. El inmueble, de propiedad municipal después de ser expropiado, acabo convirtiéndose en un espacio de fiestas y alquiler de habitaciones gestionado por dos personas que nada tenían que ver con el movimiento okupa.
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