Los versos del poeta
Esta columna quiere ser una muestra de solidaridad con las movilizaciones y la huelga de la enseñanza exigiendo que el bien común, el valor de lo público, no se pierda
Se llamaba don Jesús y estaba sordo. Parecía muy mayor. Imagino que era la mirada de la infancia, cuando el espacio y el tiempo tienen unas dimensiones exageradas. En la escuela de mi niñez no había himnos ni banderas. Cosa rara para los años de la infamia. En la primera planta, la escuela de las niñas. Más arriba el ayuntamiento. Y después los críos tras las ventanas que daban a la calle Larga. En esa calle estaba la escuela de los mayores y algunos días los más pequeños jugábamos con ellos a la guerra de caballería. Un equipo se ponía en el brazo unas cintas azules y otro unas cintas rojas. Caballos y jinetes nos enfrentábamos bajo el arbitraje de los jóvenes falangistas del pueblo que organizaban el combate. Tampoco lo recuerdo con exactitud, pero seguro que siempre ganaban los de la cinta azul.
En la pizarra, una consigna nueva cada día. Igual eran consignas sobre la patria y cosas así. Pero como el aula era un cuchitril en el piso alto no veíamos banderas por ninguna parte. A lo mejor la memoria me engaña: pero no me recuerdo cantando el 'Cara al sol' o 'Montañas nevadas' en clase. A lo mejor sí que cantábamos eso en otros sitios, pero en la clase de don Jesús no me suena que formásemos un coro de entusiastas infantes del fascismo. Pero eso es lo que yo recuerdo. Seguro que otros de los de entonces lo recuerdan de otra manera. Teníamos siete u ocho años, yo era el segundo de la clase -el primero era Vicente Jorge- y no sé en qué celebración me dieron de premio un libro sobre las maravillas del mundo.
Un día se murió recién nacida la hija de una familia que venía a Gestalgar para arreglar paraguas y sartenes. Fuimos todos los críos al entierro y la caja con la niña muerta apenas era más grande que una caja de zapatos. Alguna vez he buscado el sitio donde la enterraron pero ha sido una búsqueda inútil. Quienes están enterrados en el cementerio civil son el abuelo de Pili Rubio y el padre y el abuelo de Vicente, el tío Zapatero, que salió al exilio y él y su familia fueron y siguen siendo parte imprescindible de la mía. Cuando se murió con más de cien años, parte de sus cenizas se quedaron en Carcassonne y en nuestro cementerio civil depositamos el resto un día de memoria festiva porque la derrota y el exilio también se merecen un pequeño hilo de luz en medio de la tristeza.
Han pasado muchos años desde entonces. Aquellas escuelas ya no existen. Ahora está allí el nuevo ayuntamiento. Y enfrente, por la parte de atrás, donde antes el cuartel de la Guardia Civil, levantaron hace muchos años lo que son hoy la Casa de Cultura y la Biblioteca. La memoria de los sitios desaparece bajo los cimientos de las nuevas construcciones.
Nadie recuerda nada de los viejos tiempos y es como si la vida -nuestra vida- no tuviera nada que ver con las vidas de quienes estuvieron antes que nosotros. El pasado nos enseña mucho de quiénes somos, de por qué somos lo que somos y no otra cosa distinta, de la mierda en que se convierte demasiadas veces el presente y el futuro es como una pintada ilegible en los obscenos grafitis de la desmemoria.
El poema de Antonio Machado en esta columna de domingo: «Una tarde parda y fría /de invierno. Los colegiales /estudian. Monotonía /de lluvia tras los cristales...». Estudiar, lo que se dice estudiar, no abundaba en aquellos tiempos. La vida de verdad estaba en los jueves sin escuela jugando por el monte, o a la guerra por las esquinas del pueblo, o a churro media manga mangotero en la plaza del pueblo.
Aunque si lo piensas bien, la vida de verdad era la que nadie nos contaba porque el miedo vivía encerrado en muchas casas del pueblo, en los regueros de silencio que discurrían bajo los cánticos patrióticos en honor del Caudillo y de la Iglesia, en esa infancia que nunca fue un paraíso por mucho que la engañosa nostalgia se empeñe en todo lo contrario.
Esta columna quiere ser una muestra de solidaridad con las movilizaciones y la huelga de la enseñanza exigiendo que el bien común, el valor de lo público, no se pierda mientras crece agigantado el culto a la política infame de las privatizaciones a destajo. El desplante autoritario de la consellera del ramo, Carmen Ortí, a los sindicatos hace unos días: vaya talante para el diálogo el de esa mujer, ¿no? La proclama del presidente de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca, cuando dice que pobres niños abandonados en las aulas. ¿Se podrá ser más demagogo? Más le valía invertir con su gobierno en la enseñanza pública en vez de engordar el negocio de la privada.
Las protestas de la enseñanza no hablan sólo de dinero: esa es otra mentira que se inventan para desprestigiar las protestas. Esas protestas hablan de la dignidad de un oficio noble como el del magisterio, de infraestructuras a las que ya no les cabe una sola cicatriz, de que no puede haber una enseñanza como toca si los críos y crías se amontonan en las aulas como pollos fritos en las granjas del invierno.
La escuela de mi niñez ya no existe. Pero los versos del poeta siguen tras las ventanas que dan al patio donde maestros, maestras y muchas familias luchan por una escuela que no sea una vergüenza. De esa lucha van las manifestaciones de estos días. De eso van esas manifestaciones, ¿vale? De eso.
Diario Levante







