Sin perdón
Resulta extremadamente difícil entender a que está jugando Rita Barberá. Ejercer de asaltatumbas con nocturnidad, alevosía y premeditación, no parece una tarea digna para una alcaldesa. A una alcaldesa la dignidad se le supone. En este caso ya va siendo mucho suponer.
La señora alcaldesa puede que tenga las neuronas dañadas por una exposición prolongada a los rayos solares. Dicho de otro modo, puede que haya pasado cara al sol más tiempo del aconsejable. Esto, desgraciadamente para ella y para los demás, no se cura.
La chulería macabra de la alcaldesa parece no tener fin. Peor para ella. Pagará por ello en las urnas, pagará por ello con el desprecio de sus vecinos, pagará por ello, de aquí en adelante, en cada comparecencia pública. Ha pasado la raya, ya no hay vuelta atrás.
En su mano estuvo paralizar las obras, en su mano estuvo minimizar los daños, en su mano estuvo escuchar a las partes, en su mano estuvo actuar cono si hubiera sido demócrata alguna vez. Prefirió la confrontación, eligió la vía del ordeno y mando, insultó la memoria de millones de personas. Eso no sale gratis, alcaldesa. Ya lo verá.
A partir de este momento usted ha decidido tener enemigos en vez de opositores.
A partir de este momento su nombre se asociará en todas partes a su despotismo, su prepotencia, su educación inexistente, su falta de humanidad. Váyase a su casa señora Barberá. Dimita. Si no lo hace solo conseguirá alargar su agonía. Hasta el último colectivo de este país sabrá de quien estamos hablando. La alcaldesa que trató los huesos de los ejecutados por el franquismo como si fueran escombros. La alcaldesa que profanó las tumbas de miles de represaliados. La alcaldesa que se enfrentó a la ciudadanía en un pulso que tiene perdido de antemano por su propia cretinez.
No hay perdón posible para gente que insiste, como usted, en llevar la contraria a la lógica, a la inteligencia, a la historia, al clamor y a la razón, por una supuesta firmeza que no es más que burricie ignorante y cristofascista. Le recuerdo el destino de su jefe y de su guerrita.
Esta es su guerrita alcaldesa. Una guerrita en la que no debió entrar. Una vez dentro, por su incompetencia y su estulticia, solo tiene una salida. La puerta. Si por un segundo se hace la luz en su maltrecho cerebro váyase. Si no lo hace sepa que sus actitudes, sus actos en lo que toca a las fosas del cementerio, no tienen perdón. Se lo recordaremos en cada paso que dé, en cada esquina, en cada plaza, en cada pueblo, en cada calle, en cada entrevista o reportaje, en cada acto municipal: Sin perdón.







